25EneAutoestima I | ¿Por qué los niños tienen una Baja Autoestima? Decomadreo con Rocío Yllas

Autoestima I | ¿Por qué los niños tienen una baja autoestima?

Este es uno de los aspectos que más me ha preocupado desde que mis hijos nacieron: que su autoestima sea fuerte y sólida

En la autoestima de nuestros hijos influyen muchísimos factores. En este caso me voy a centrar en el que nos atañe a nosotras, las familias. 

El papel que tenemos las madres y los padres en este sentido, es crucial, sobre todo en los primeros años. 

Saber si estamos dañando su autoestima cuando estamos ejerciendo nuestra crianza, es a veces complicado.

Sobre todo, si nos instalamos en modelos de crianza tradicionales o semi-tradicionales. Incluso aunque huyamos de ellos, llevamos tantos años anclados en una mentalidad que no antepone la infancia, que es fácil caer en dinámicas destructivas o dañinas

Es una consecuencia lógica fruto de nuestra propia infancia, de la manera en la que hemos crecido nosotros.

Tranquila, aunque es más frecuente de lo que imaginamos, una vez que detectamos la falta de autoestima en nuestros hijos e hijas, podemos trabajar para potenciarla o recuperarla

Veremos cómo hacerlo en el próximo post: Autoestima II. Pero me parece necesario entender cómo ha sido el proceso de pérdida de la autoestima (o al menos uno de los factores más importantes que han podido influir).

Si revisas tu infancia, quizás te encuentres que no recibiste todo lo que necesitabas. En nuestra infancia, como dice Yvonne Laborda, estamos en la etapa de recibir. Siendo niños, no tendría que preocuparnos si satisfacemos o no la expectativa de nuestra madre o padre.

Son los adultos los que, estando emocionalmente sanos, se ocuparán de llenar todas esas necesidades legítimas del niño. El adulto es el que está en la etapa de dar.

Lo que ocurre es que, si de niños no obtuvimos lo que legítimamente necesitábamos, vamos generando un vacío emocional, una herida. Ésta será más grande cuanta más distancia exista entre lo que necesitábamos y lo que obtuvimos.

Cuanta menos mirada, atención, presencia, vínculo, seguridad, confianza y aceptación recibiéramos, mayor será nuestra herida.

Y nos plantamos en la maternidad con un vacío que reclama ser llenado. 

Es entonces cuando, sin ni siquiera pretenderlo, nos vemos tratando de que nuestros hijos, cubran nuestra expectativa, nos satisfagan, y sean como nosotros queremos y no como realmente son.

Esta es la razón principal por la que la autoestima de un niño se puede ver mermada.

Si pudiéramos medir la autoestima de cualquier recién nacido, veríamos que está completa, intacta. Nacen con la seguridad de que son amados, de que valen y de que merecen. 

Lloran para pedir comida con la seguridad de que serán atendidos. Se quejan si tienen sueño, con la seguridad de que se les facilitará el entorno para su descanso. 

Desde esos primeros momentos, su autoestima comienza a estar en nuestras manos. En función de cuál sea nuestra respuesta, la autoestima de nuestros hijos permanecerá fuerte o se irá debilitando.

Si no atendemos su llanto para calmar su hambre, su necesidad de descanso o de contacto físico, el bebé interpreta “no valgo, no merezco el cariño, no soy lo suficientemente importante”.

Esa desatención de manera prologada hará que el niño deje de llorar, pero no porque haya aprendido que no se pide llorando, como a veces interpretamos, sino porque asumen que no son merecedores de atención. Se resignan.

De ahí que los métodos que defienden el “dejarles llorar” sean tan efectivos para lograr que el llanto cese, pero tan devastadores con el amor propio y la autoestima.

Cuando nos damos cuenta de que hemos entrado en dinámicas que han podido destruir parte de la autoestima de nuestros hijos e hijas, puede ser doloroso.

Pero lejos de entrar en una posición victimista, de lo que se trata es de tomar responsabilidad. 

Hacerlo consciente y comprometernos para cambiarlo, y poder así liberar a nuestros hijos de esa “cárcel” en la que pueden estar encerrados: nuestra propia expectativa sobre ellos.

Voy a contarte mi propio caso:

Para mí, era importante que mis hijos fueran “niños educados”, que no fuesen “niños malcriados”. Estaba llena de prejuicios y de creencias limitantes.

Así que, con ese objetivo, la realidad era que me importaba más que los demás aprobasen el comportamiento de mis hijos (y por tanto “lo buena madre” que yo era), que mis propios hijos y su felicidad.

Así que me vi inmersa en una educación autoritaria. Y sin saberlo, ese estilo educativo venía a cubrir una necesidad mía.

La realidad es que a nuestro propio discurso, a menudo, le falta honestidad. 

Creemos que “es por su bien”, pero la realidad es que, muchas de las decisiones que tomamos con respecto a nuestros hijos, es más por “nuestro bien”.

Este es solo un ejemplo, pero podría contarte más. 

Muchas de nosotras llegamos a la maternidad con una expectativa sobre cómo será, cómo serán ellos y cómo será nuestra relación. 

En ese pensamiento, también se incluye, de forma indirecta, cómo nos verán los demás como madres, como familia. Porque a menudo nos importa lo que los demás piensen

Es humano.

Ahora me gustaría contarte una metáfora que he creado para que podamos visualizar de manera sencilla, este proceso que hemos comentado anteriormente. 

Ojalá te sirva para comprender la importancia de responsabilizarnos de nuestra propia herida para ponernos en marcha hacia una crianza mucho más conectada. Con nosotras mismas y con nuestros hijos.

Te propongo que consigas un GLOBO. Puede servir una pelota o incluso un cojín.

Se trata de que podamos sentir algo en nuestras manos para visualizar que ellos llegan al mundo perfectos y completos.

Imagina que el aire que queda dentro del globo, es su autoestima. Está intacta. No tienen ninguna duda de sí mismos.

Ese bebé tiene algo muy poderoso que hace que su autoestima esté completa: su propio instinto. Imagina por un momento que el viento que mueve ese globo, fuera su instinto.

El bebé fluye… es acunado de forma armoniosa por ese viento. Porque si tiene hambre, sabe cómo pedirlo, igual que si tiene sueño, o si necesita contacto con mamá. 

Confía en sí mismo y en que sus necesidades, al pedirlas, quedarán cubiertas. Está completamente conectado consigo mismo. Globo y viento, son uno.

Seremos los adultos los responsables de que esa conexión continúe y por tanto esa autoestima siga intacta, o por el contrario comencemos a tomar decisiones que la deterioren.

Imagina que decidimos que es mejor que nuestro bebé se acostumbre desde pequeñito a dormir solo, o que no le alimentamos a demanda porque nos han dicho que los bebés han de comer cada x tiempo. O quizás hemos instalado unas rutinas muy estrictas, o no le cogemos mucho en brazos para que no se acostumbre a ellos.

Te invito a pensar en alguna de estas circunstancias y decisiones que hayan formado parte de tu crianza… Escoge las que te vengan a la cabeza. 

Quizás ha sido importante para nosotros que coman todo lo que se les pone en el plato, o no hemos respetado sus gustos estéticos, decidiendo siempre nosotros qué se ponen…. Puede que hayamos tenido que escolarizarles muy pronto para poder conciliar, o que hayamos sido muy insistentes con “ser educados” y dar besos a todos los adultos…

A lo mejor les hemos gritado, castigado, chantajeado, pegado…

Cualquiera que haya sido tu forma de maternar que tengas la sensación hoy, en este momento, de que quizás no ha sido lo más respetuoso…

Todas estas decisiones tienen sus consecuencias.

Es como si cogiéramos ese globo y le atáramos un cordón para sujetarlo y poder ser nosotros quienes lo manejamos.

¿Cómo crees que se moverá ahora el globo? Seguramente ya no será un movimiento armonioso, ya no fluirá de la misma manera con ese viento, ¿verdad?

Es decir, de alguna manera estamos interponiéndonos entre el bebé/niño y su propio instinto, su propio ser esencial.

Todas esas decisiones que hemos tomado, van mermando esa conexión perfecta consigo mismos. 

Les atamos más corto para tenerles más controlados, después soltamos porque “ya tienen que ser autónomos”. Les tratamos bruscamente, les pegamos, castigamos, gritamos…

Y poco a poco, ese niño, o esa niña, deja de ser lo que es para comenzar a ser como nosotros queremos que sean. Les vamos desconectando de sí mismos.

Si damos este trato a nuestro globo, ¿qué puede pasar con todo ese aire que tiene dentro? ¿Qué ocurrirá con su autoestima?

Sin ninguna duda, ese aire se irá perdiendo. Poco a poco, sin darnos cuenta.

Hasta que un día, miramos nuestro globo y lo vemos mustio, deshinchado… y entonces es cuando decimos que nuestro hijo o hija tiene la autoestima baja, que es inseguro

Justo lo que no querías…

Creemos que es una característica intrínseca en algunos niños: “es de baja autoestima”. Pero no, siento decirte que los adultos, debido a cómo les hemos tratado, hemos ido contribuyendo en alguna medida a que la pierdan poco a poco.

Es entonces cuando nos ponemos a buscar información sobre “cómo fomentar la autoestima de los niños”, “cómo trabajar la autoestima en niños”, “cómo mejorar la autoestima de mi hijo”, “cómo detecto la baja autoestima de mis hijos”…

La realidad es que, si hubiésemos sido meros espectadores, tratando de observar y disfrutar de la maravilla que supone ver un globo mecerse al son del viento, tendríamos ese globo lleno de aire. 

Como mucho, se trata de acompañar ese vaivén, de estar pendientes de protegerles y reconducir su viaje en caso de que su seguridad o su salud puedan verse amenazados. 

Esta reflexión puede ser dolorosa porque quizás nos damos cuenta de la cantidad de veces que les decimos cómo han de comportarse, que les hemos rechazado cuando no han cumplido nuestra expectativa, que les hemos exigido, castigado, ignorado, pegado… 

Nos damos cuenta de que a lo mejor no hemos ofrecido tiempo de calidad, mirada, conexión, atención, brazos, contacto, mirada… 

Quizás duele ser consciente de cuántas veces hemos maltratado ese globo que ya era perfecto como era. 

Y ese dolor que puedes estar sintiendo en este momento, es un regalo. Es tu cuerpo avisándote de que hay algo que cambiar

No se trata de mirar atrás y culpabilizarse por aquello que hicimos o no hicimos. 

Se trata de mirar atrás y responsabilizarte de cómo lo hiciste, desde el amor y la compasión hacia ti misma. 

Lo hiciste lo mejor que pudiste con los recursos que tenías en aquel momento y pensando que estabas ofreciendo una buena educación a tus hijos. 

Si ahora sientes que tu globo está algo desinflado, te invito a ponerte en marcha para compensarlo. Se puede deshacer el nudo, y se puede volver a introducir un poquito de aire. 

Podemos reparar el daño en la autoestima de nuestros hijos. 

Veremos cómo hacerlo en la Segunda Parte de este post, en Autoestima II | Cómo trabajar la Baja Autoestima en niños.

Gracias por leerme sin juzgarte, por leerme desde la autoempatía que nos merecemos. 

Sin culpas. Pero con responsabilidad.

Juntas sumamos comadre.

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